lunes, 14 de noviembre de 2016

XXVII

Al día siguiente, Rocco estaba ya esperando a Cristock tan puntual como siempre. Tras una breve charla, todavía un poco tensa por parte de Cristock, se ponen en marcha. —Camina como si nada... ¿Habrá sido todo una pantomima?— Durante el trayecto, Rocco no paró de hablar, como siempre, y esta vez Cristock también participó más en las conversaciones, a su criterio todas mundanas, lo que tenía aún más mérito y hacía pensar que estaba surgiendo una pequeña amistad de todo esto.

Llegaron al hoyo, que habían dejado tapado el día anterior, y Rocco lo destapó sin ningún tipo de pausa y siempre sin dejar de charlar en su castellanizado inglés. Se metió dentro del agujero y se asombró al recordar lo hondo que habían llegado; tan sólo su cabeza se asomaba al exterior, a la altura de los raíles. Empezó a cavar y Cristock oyó ahora a su compañero de forma entrecortada, ya que su cabeza entraba y salía del hoyo como en un reloj de cuco.

Cristock, como ya había hecho la anterior vez, pasó el tiempo curioseando en su GPS y en algunos documentos y mapas que llevaba consigo. También, para sentirse un poco útil, apartaba a un lado la tierra extraída por Rocco. Pero su misión principal consistía una vez más en avisar su amigo de la llegada del tren cada equis horas, para que corrieran ambos a esconderse tras el arbusto.


Hicieron la pausa para almorzar, momento en que Rocco, bocadillo en mano, pudo reponer fuerzas, y Cristock disfrutar viéndolo comer con tal énfasis. Así pasaron el tiempo hasta que llegó la tarde y, casi sin darse cuenta, Rocco había excavado ya más de dos metros de profundidad. Entonces Cristock escuchó gruñidos del interior del pozo. Se acercó al borde y vio a su compañero curioseando con algo que acababa de encontrar en la pared del hoyo. —¿Qué has encontrado, Rocco?— Pero Rocco no contestó, por vez primera se había quedado mudo.