lunes, 7 de noviembre de 2016

XXVI

El sol ya se ocultaba tras las montañas y llegaba la hora de irse. Esta vez se iban con las manos vacías pero, mañana sería otro día…

De camino a la estación, Rocco no paraba de contar anécdotas y chistes populares, ambos entremezclados hasta el punto de no saber cuándo era ficción y cuándo realidad, cosa que a Cristock tampoco le importaba. A veces también introducía palabras y expresiones españolas entre su discurso, lo cual al científico, pensativo en lo suyo, le importaba todavía menos. De pronto el paisano gritó algo, una sola palabra: “mierda”. Lo dijo esto en perfecto castellano, pero Cristock lo entendió como si lo hubiera pronunciado en su idioma. Rocco se acababa de torcer el tobillo al tropezar con una viga de la línea férrea y se tumbó en el suelo. Cristock fue en su auxilio e inspeccionó su pie. Visiblemente no parecía tener nada. —Tienes las uñas… ¿barnizadas?— Rocco se echó a reír, sin dejar de quejarse por el supuesto dolor. Cristock le ayudó a ponerse en pie y siguieron caminando.

—No me vuelvas a dar estos sustos, Rocco.— De pronto el hombre le soltó, como quien no quiere la cosa, que no era Rocco sino Lucía; su nombre real, de nacimiento, era Lucía. Cristock, aunque lo sospechaba ligeramente, intentó hacer como que no le sorprendía, lo que resultaba muy forzado, pero a Rocco/Lucía le daba igual; estaba acostumbrado a todo tipo de reacciones. Sin mucho tacto, y quizás ofendido, como si se sintiera estafado, Cristock continúa: —Bueno… y entonces cómo te llamo, ¿Lucy?— Él le insiste, con cierto sarcasmo, que Lucía era como le llamaban antes, “en el pasado”, recalca. Pero que siempre se ha llamado Rocco… Por desgracia para él, Cristock, a partir de entonces, no podría evitar de pensar siempre en ella como Lucy.


Rocco caminaba ahora apoyando su brazo sobre los hombros de su ahora algo distante compañero. Aún a pesar del embarazoso momento, el gallego continuaba hablando tanto o más que nunca... Cristock le oía, pero no le escuchaba, no podía. Por otro lado sentía lástima por Rocco, no por su problema de género, sino por su esguince de tobillo. Se preguntaba entonces si esa preocupación sería un síntoma de egoísmo, pues sin su ayuda no podría avanzar mucho en la excavación del día siguiente. Por suerte para ambos, lo del esguince no parecía haber sido más que una farsa…