viernes, 1 de agosto de 2014

XI

Cristock sabía que hablaba del libro que había estado intentando ocultar todo el tiempo, pero debía disimular su pleno interés sobre el tema. —Ah, sí… Cosas de mi hija Abbey.— No obstante también reconoció, entre risas (interpretativas), que a él también le parecía un tema interesante… Franklin le cogió el libro, en el que, a pesar de estar mezclado entre los demás documentos y carpetas de Cristock, se podía leer el título en su lateral. Cris, como le llamaba su compañero, declaró su interés en algunos temas escolares que durante su etapa colegial a penas le importaban. —Ya sabes, basta que te obliguen a estudiarlo para que deje de interesarte. ¿No te ocurría a ti lo mismo?— Franklin ojeaba el libro, sin mucho interés, tan sólo por curiosear. Mientras, Cristock se preguntaba si este momento no acabaría siendo un problema para el futuro, ya que tarde o temprano todo el mundo acabaría enterándose del famoso descubrimiento. Y cuando ello ocurriese cobraría Franklin consciencia del falso momento que estaba viviendo en este preciso instante. —¿Por qué no habré escondido bien el libro entre los demás papeles...?—, cavilaba Cristock. Seguía dándole vueltas al tema, pues detestaba las mentiras, por pequeñas o piadosas que éstas fueran. Ahora por tanto se sentía a sí mismo inevitablemente detestado.

Cristock empezaba a preguntarse hasta cuándo se quedaría Franklin en el observatorio, así que terminó preguntándoselo. Cuál fue su sorpresa al enterarse que pretendía quedarse —¿Durante mi sesión en la Lente…?—, pregunta Cristock, y Franklin asiente mientras le da un mordisco a su bizcocho. El científico hizo entonces un cálculo aproximado de las horas que Franklin llevaba despierto, auto convenciéndose de que quizás acabaría desistiendo y marchando a su apartamento antes incluso de que llegara su turno en el Telescopio. Y realmente era difícil que pudiera mantenerse despierto durante tanto tiempo y sin descanso, incluso para un hombre tan activo como él. Era imposible... Pero entonces, Franklin, dijo algo que escandalizaría a Cristock interiormente. —¿Qué vas a descansar un rato? ¡…!— Exacto, y luego volvería con las pilas recargadas, más si cabe, para acompañar a su amigo en su “aburridísimo trabajo”, decía. Se levantó de su silla y Cristock lo detuvo con impaciencia, pero Franklin nunca da el brazo a torcer. —Como quieras…— El bueno de Cris, como también le llamaba su colega, tenía tanto miedo a que pensara que ocultaba algo, que no insistió en rechazar su compañía. Así pues, su fingida falta de insistencia, unida a los decididos planes de Franklin, terminarían en lo que parecía inevitable.


Franklin se marchó y Cristock se sentó de nuevo ante su almuerzo. Fruto de la inercia, una sonrisa se mantuvo en su cara durante casi medio minuto, el tiempo que necesitó para mentalizarse de que ya estaba solo de nuevo pero, ¿por cuánto tiempo?