viernes, 6 de junio de 2014

XIX

El medio de grabación del que disponía este observatorio era, como no podía ser de otro modo, el más avanzado que existía. Se trataba de un sistema que denominaban Grabación Bioquímica, o sea biotecnología, también usada en otros apartados de la Lente Espía. Estas grabaciones permitían al astrónomo manejar a su antojo casi todos los aspectos de un vídeo que había sido grabado previamente; aspectos tales como la cantidad de luz, la redimensión sin interpolación o el control de la velocidad de imágenes por segundo.

Por tanto, reprodujo Cristock el vídeo que acababa de grabar y redujo la luminosidad hasta casi el máximo de sus posibilidades (¡realmente no termina de poner al límite todas las capacidades de su Telescopio!). Comprobó por fin lo que era indudable: No se trataba de un misil ni de ningún arma explosiva, sino de un cohete. La explosión de luz provenía del propio Cohete, que, debido a la enorme velocidad alcanzada, se producía una acumulación de luz. Igual que sucede con las explosiones sonoras, donde un objeto ruidoso superando la barrera del sonido produce estallidos, que no es más que el ruido del propio objeto auto multiplicado gracias a (o por culpa de) su gran velocidad. Lo mismo ocurre con la luz; los cuerpos que alcanzan velocidades cercanas a las de la luz se delatan por una acumulación constante de cualquier emisión luminosa que pueda surgir del cuerpo en cuestión. —Pero... Será posible que estos... enanos, sean capaces de viajar a semejantes velocidades¿?—

Tecnicismos aparte, nos centramos en lo que Cristock pudo observar una vez ajustada la luz, y es lo siguiente: El Cohete de los duendes salió propulsado hacia el espacio, en perpendicular. Durante los primeros dos o tres segundos, se apreciaba bien su definición; luego empezó a desenfocarse hasta diez segundos más tarde que acabó desapareciendo por completo. Por desgracia, el desenfoque es uno de los aspectos fotográficos que no podía corregir la Grabación Bioquímica. No obstante, el tiempo que permaneció enfocado, le bastó a Cristock para percibir, con vista de águila, que el Cohete se había hecho más grande; casi imperceptiblemente, pero perceptible al fin y al cabo, lo que era un síntoma de su exageradísima velocidad. Y esta diferencia de tamaños, junto con los datos del desenfoque, eran más que suficientes para que el ordenador pudiera calcular la velocidad de la nave. Doscientos treinta y un mil quinientos sesenta y cuatro (231.564) kilómetros por segundo, es decir un 77% la velocidad de la luz.

La dirección de la Nave apuntaba hacia Tierra 1 con un ángulo de inclinación de cero con ocho grados. Esto despertó aún más la curiosidad de Cristock, como era de esperar, y se dispuso a calcular el destino de dicha Nave espacial. Descubrió que se dirigía hacia una estrella situada a tan sólo... —Un momento.—

Cristock se paró de repente y empezó a gesticular de forma algo esquizoide. Murmuró muy por lo bajo mientras movía sus manos con tan poca claridad como sus palabras y como queriendo representar algo en un espacio imaginario ante su cara. Entonces se lanzó sobre los mandos de la computadora y confirmó lo que se estaba temiendo: La Tierra, Tierra 1, su Tierra, se cruzará justo con la trayectoria del Cohete dentro de cinco mil años. Pero no sólo se topará con su trayectoria, sino que impactarán; coincidirán ambos cuerpos en un mismo punto en un mismo instante. —Según este ordenador, los duendes están viajando desde Tierra 2 hacia Tierra 1. Si así es, se trata pues de dos planetas distintos y no del mismo como imaginaba...— O como a Cristock le gustaría imaginarse.


Es bien sabido que los científicos investigadores, como artistas que son, desean siempre la respuesta más extravagante, por imposible que parezca, y van a por ella cueste lo que cueste. Pero a veces la respuesta se les resiste sobremanera como en este caso a nuestro amigo Cristock Earl.