viernes, 23 de mayo de 2014

XXI

Todavía quedaba noche por delante. Por primera vez el tiempo no parecía echársele encima a Cristock, así que intentó concentrarse más en el trabajo físico y no tanto en las conclusiones filosóficas, como solía antojársele. Era muy preferible sacarle el máximo provecho al Telescopio durante el tiempo que le era permitido, y ya cavilaría luego, en sus horas muertas, sobre estos porqués, cuándos y dóndes...

Así que, sin más preámbulos, se puso manos a la obra. Activó el Sistema de Anclaje de Movimiento (SAM) lo que hacía coincidir los movimientos de la Lente sobre Tierra 2 con los del satélite sobre su Tierra. De esta forma, automáticamente, todo lo que fuera viendo en el planeta alienígena, incluidos los desplazamientos de cámara, lo podría comparar con el suyo propio en tiempo real. Lo puso en práctica viajando largas distancias sobre Tierra 2. Barridos enormes de un lado a otro del planeta; de ambos planetas. El sistema de copiado funcionaba perfectamente.

—A ver, por ejemplo... New York.— Situó el punto de mira del Telescopio en el supuesto New York de hace 44.000 años, y la red de satélites hizo lo mismo exactamente al mismo tiempo. Este último mostró por supuesto el New York actual; una de las ciudades más pobladas del mundo y, a excepción del Central Park, todo un aglomerado de edificios y personas. Lo contrario ocurría, como era de esperar, en la imagen del Telescopio, ya que aquí sólo había vegetación; ni rastro de los Duendes.

Probó de esta manera con algunas de las más importantes ciudades del mundo: Tokio, Paris, Neo Reikiavik, Sídney, Hong Kong, Montreal, Río de Janeiro,... En ninguna de ellas encontró nada interesante en su equivalente Tierra 2, tan sólo nieve y/o vegetación. Decidió pues tomar un punto de forma arbitraria. —¡A voleo!—

Escribió coordenadas en el programa de la Lente; lo hizo sin mirar el teclado y presionó Enter como si la cosa no fuera con él... Había sido cosa del destino y de ello dependería lo que ocurriera a continuación.

—Parece que nos vamos a Europa. ¿O debería llamarla Eurasia...? Siempre tuve esa duda. ... Vaya, se está deteniendo y diría que va a parar en.......— Cristock se acercó a la pantalla. El paneo del Telescopio (y del satélite) atravesó todo el Océano Atlántico en dirección a Europa, pero parecía que se iba a detener en el mar sin llegar a pisar tierra. Cristock se acercó más a la pantalla y, con su mano, intentó acelerar el movimiento del paneo. Le echó imaginación moviendo la mano a modo de abanico y continuó, todavía más exagerado, soplando desde un lateral de la pantalla. La situación resultaba de un infantilismo tal que él mismo soltó alguna carcajada durante la operación, no sin continuar lanzando una tímida mirada a su alrededor, fruto de su todavía latente manía persecutoria.

El rápido barrido se transformó en lento paneo hasta por fin detenerse del todo. —¿…?— Cristock no estaba seguro de si había parado en mar o en tierra pues había coincidido justo en la costa española. Pero a esta distancia no estaba claro así que acercó el cuadro hasta el doble de aumento. Ahora sí estaba claro, y había habido suerte... —¡Tierra a la vista!— Mas por desgracia no había encontrado nada nuevo sino otro bosque nevado.


Por curiosidad miró en la pantalla de la red satelital, para ver el equivalente en la época actual. El ordenador indicaba tratarse de Carril, una pequeña ciudad de Galicia, comunidad de España. A simple vista parecía otra ciudad vacacional más, típica del país de Cervantes, con sus modernos edificios en primera línea de playa. Seguramente un antiguo pueblecito pesquero venido a "más" por la demanda de la superpoblación. —Ya no existen parajes como los de antes... Y no me refiero a las siempre artificiales reconstrucciones turísticas de cartón piedra. Qué hay de esos barquitos de madera, esas casitas de paja... Ahora todo es de metal, y frío, como este tren, que nada tiene que ver con los chucuchús de antes. … ¡Pi-piii!— Cristock estaba especialmente alegre (ebrio) esa noche. Se entretuvo persiguiendo ese tren que acababa de localizar desde la pantalla del satélite. Conectó un programa de seguimiento en la imagen satelital, lo que le permitía soltar las manos de los teclados y dejar que el ordenador siguiera el desplazamiento del tren automáticamente; y por supuesto el mismo movimiento se repetía también en Tierra 2. El constante y suave movimiento del tren  en plano cenital se hacía de lo más relajante, y a Cristock se le cerraban los ojos poco a poco...