viernes, 13 de junio de 2014

XVIII

Le ardía la sangre sólo de pensarlo, así que no perdió ni un segundo más. Encendió esa misteriosa pantalla y tecleó en su respectivo teclado durante un rato. Y de pronto apareció la imagen de la Tierra, Tierra 1, a vista de satélite.

La Lente Espía dispone, entre otros muchos privilegios, de la posibilidad de utilizar una red de satélites que vigilan la Tierra desde el espacio. No sólo el observatorio de la F.E.G. tiene acceso a ellos, pero dichos satélites tienen la peculiaridad de poder ser utilizados por distintas organizaciones al mismo tiempo.

El porqué de esta imagen desde el espacio se debe a que, de esta manera, Cristock podrá hacer una comparativa de ambos planetas. Y eso mismo es lo que se dispone a hacer ahora mismo. Encuadró con la vista satelital en el mismo punto que lo hizo su Telescopio, haciendo coincidir las coordenadas de Tierra 2 con las de Tierra 1, cosa totalmente posible ya que ambos planetas son casi idénticos (tan sólo se distinguen por la glaciación que impera en el planeta de los duendes). Comprobó entonces que en el lugar de la explosión correspondiente en Tierra 1, había una ciudad, se trata de Lampy-dae: ultramoderna metrópoli en el antiguo Congo de África. Todavía era de noche en la ciudad, pero la ingente cantidad de luz artificial en la misma le permitía a Cristock observarla con perfecto detalle.

Era curioso… Justo en las mismas coordenadas que en Tierra 2, Lampy-dae albergaba un moderno edificio de caprichoso parecido a los enormes "andamios" de su planeta gemelo, si bien todo lo demás no tiene nada que ver.

Con todo esto, se había olvidado Cristock de su principal objetivo desde que empezó su turno esa noche: las misteriosas explosiones de luz. Se puso manos a la obra; navegó por los alrededores del gran Andamio en busca de... algo. La zona circundante estaba casi desértica, a excepción de algunas sencillas construcciones, parecidas (o al menos eso le pareció a Cristock) a la caseta de los duendes. —Sin duda se trata de ellos otra vez...— Y al pensar esto, justo en el momento de pensarlo, aparecieron algunos duendes saliendo del interior de una de las construcciones. Eran unos veinte, corriendo todos hacia el Andamio, a pasos muy cortos y con esos trajes futuristas de ciencia ficción barata que no podían dejar de causarle cierta simpatía a Cristock.

Al llegar al gigante metálico, cada uno de ellos se dedicó a un trabajo concreto claramente predeterminado. Algunos se introdujeron bajo tierra por unas puertecitas situadas en el centro del Andamio, en el suelo. Otros se subieron por las vigas que forman el esqueleto y parecían inspeccionar dicha estructura con mucho detalle y con bastante "efusividad". Lo cierto es que eran seres muy extraños en su forma de moverse; parecía que estuvieran siempre actuando, sobreactuando, en una obra de teatro infantil.

—¡El suelo se está abriendo!— Y de su interior emergió otra construcción típica de los duendes, con techumbre acristalado y paredes que apenas podía ver debido a la constante vista cenital. Dicho tejado presentaba la peculiaridad de ser circular y no cuadrado o rectangular como los demás. —No... No es un tejado.— Tenía forma cónica, como una bala. —Es un misil. ¡Es un misil! Eso explica las explosiones. ¡Eso lo explica todo! O al menos todo por ahora…¡!— La emoción de Cristock y su empeño en descubrir lo que se empeña en descubrir... y nada más, le cegaba momentáneamente impidiéndole ver la realidad, la cual era más evidente, y sobre todo mucho más atractiva.

Cuando el "misil" alcanzó cierta altura, hasta encajar totalmente dentro del esqueleto metálico, los duendes que estaban subidos a la vigas del esqueleto innovaron unos movimientos todavía más exagerados que antes y finalmente se bajaron y marcharon corriendo todos de nuevo a sus casetas. Parecía mentira que estos personajillos de movimientos tan patosos pudieran ser los responsables de semejantes construcciones que, al menos en apariencia, superaban abismalmente la tecnología del humano actual.

Esa cosa saldría volando por los aires y haría explosión en algún momento, según las expectativas de Cristock, y por eso decidió acertadamente grabar el momento, no fuera a ser que un pestañeo le arruinase unas milésimas de segundo cruciales del suceso.
REC.

Y pocos segundos después, el proyectil explosionó y la imagen se tornó blanca, como era de esperar. Fueron tres segundos de luz máxima y unos siete segundos de disminución hasta que ya se empezó a apreciar de nuevo la forma del Andamio, ya sin el proyectil en su interior, el cual parecía haber desaparecido por arte de magia. Cabe mencionar que estos diez segundos los pasó Cristock sin coger aire alguno, a pesar de que el corazón le pedía, ahora más que nunca, oxígeno a gritos.

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