lunes, 26 de diciembre de 2016

XXXIII

El dúo Franklin-Giovanna no dijo nada, así que fue Cristock quien habló aparentemente despreocupado, mientras se preguntaba a sí mismo —¡¿Cómo diablos han descubierto Tierra 2?!— Franklin caminó hacia Cristock de forma distendida. Le pidió que se sentara, que tenían que hablar. Pero Cristock llevaba ya muchas horas sentado como para hacer lo que le decía.

Franklin le dijo que sabían todo lo que había estado observando. Giovanna, un hombre alto, trajeado, y serio hasta la inexpresión, comenzó entonces a hablar. Su tono de voz era grave a la par que suave, y poseía tantos matices que costaba no creerle aún a pesar de lo que estaba a punto de contarle. Giovanna, con la ayuda de Franklin y sus interrupciones aclarativas, resumía, a muy grandes rasgos, que la creación de la Lente Espía se debía principalmente (entiéndase: "únicamente") a la intención de observar lo que él, Cristock, llamaba Tierra 2. De pronto sintió un vacío en su interior al verse totalmente utilizado por sus dos compañeros desde el principio.

Giovanna continuó... Le explicó que las coordenadas que Cristock creyó descubrir, no fueron fruto de la casualidad, sino de una previa manipulación de Franklin y él. Sabían que en cuanto tuviera el Planeta delante de sus ojos, todo lo demás iría sobre ruedas, según lo previsto. Este comentario hace sentirse a Cristock todavía más insignificante. Continúa diciendo que sus increíbles dotes para la investigación y el descubrimiento darían con muchas respuestas, y así había sido. Continúa disculpándose de que le hayan utilizado, pero sólo de esa forma, haciéndole creer que estaba descubriendo algo, podría hallar la respuesta. Necesitaban motivarle. Entonces le arrojaron una frase sería lanza de Longino para Cristock: “Lo entiendes, ¿verdad, Cris?”.

Franklin intervino para hacer lo que mejor sabía, calmar los nervios. Pero en seguida Cristock le interrumpió para preguntar qué es lo que habían resuelto. De verdad le gustaría saberlo, pues en su mente sólo creía albergar dudas. Había recopilado muchos datos, pero todavía quedaba trabajo por hacer antes de hacerlo público. Les pidió que no hablasen con la prensa. Estaba sufriendo un ataque de nervios que le hacía hablar sin parar. Sintió que se le caía el mundo encima, cuando ya lo tenía en sus manos... Necesitaba más tiempo para resolver todo este rompecabezas. Intentó convencerles aclarando que no se trataba sólo de un gran descubrimiento sino también de una gran amenaza. —No podéis decir al mundo que unos duendes viajan en una nave espacial hacia la Tierra y que llegarán de un momento a otro. ¡Se crearía un pánico colectivo sin necesidad!— Giovanna le interrumpió. Le preguntó de qué “demonios de duendes” hablaba.

Por fin el viejo Giovanna mostró alguna expresión en su rostro. Un gesto de extrañeza, si bien algo grotesco, exagerado, quizás debido a su escasa costumbre a gesticular. Al producirse otro breve silencio, Franklin se acercó a Cristock y lo agarró por los brazos, frotándolos con suavidad. Le dijo que no se preocupase, que estaba cansado, que había acumulado mucha presión y que debería irse a casa.

Cristock, el cerebro técnico de los tres, uno de los mayores científicos del momento, y el único astrónomo con vida perteneciente a los Siete Astros, era ahora un niño aleccionado por los dos hermanos mayores que nunca tuvo. Franklin lo acompañó hasta la puerta mientras lo intentaba tranquilizar con sus sedantes comentarios. Giovanna, que permanecía inamovible y de espaldas a la gran pantalla, se giró para contemplar la gran esfera que era Tierra 2 ocupando todo el alto y ancho del macro-monitor. Cristock, embelesado, se dejó llevar por su compañero hasta la puerta. Y por inercia terminó en su coche, sin recordar si quiera el largo camino  desde la sala principal hasta el aparcamiento.

Dentro del coche, pensó a velocidad de locomotora. —¿Quién...? ¿Cómo diablos se han enterado? ¿No han visto a los duendes? Acaso me los habré inventado ¿? Mi hija los ha visto. ¿O no...? ¡Pero si tengo la calavera de uno de ellos!— Salió del coche hacia el maletero, donde guardaba el saco de huesos. Durante la brevísima distancia que recorrió, siguió cavilando, a velocidad de cohete. —¿Cuánto falta? No es el mismo planeta. ¿O sí...? Tengo que volver. ¡Necesito calcular una cosa! ¿Estarán llegando? ... O ya estaban aquí...¿?— Abrió el maletero. Ahí no había nada.
—¡...!—

De repente una fuerte descarga eléctrica dejó a Cristock casi inconsciente, cayendo éste al suelo de inmediato, y dejándolo sin fuerzas para abrir los ojos. Escuchó sonidos, susurros, voces. Estaba volviendo en sí. Reunió fuerzas para abrir los ojos un instante, pues su implacable curiosidad le aportaba fuerzas extraordinarias en momentos extraordinarios. Veía nublado como si estuviera debajo del agua, un agua pantanosa, pero creyó estar seguro de lo que estaba viendo desde la bajura del asfalto. —¿Un duende?— Al menos uno, sí. Diminuto hombre que se mostraba, de espaldas a Cristock, con la misma vestimenta que la que llevaban en Tierra 2. Con los brazos cruzados, conversaba con otro personaje, humano, que apenas se vislumbraba en la aparente lejanía. La naturalidad con la que charlaba hacía de la situación un momento terroríficamente surrealista. El extraño ser giró su cabeza hacia Cristock, entonces se le acercó rápidamente a unos pocos centímetros de su cara y, antes de que lo electrocutase definitivamente, Cristock quedó saciado de evidencia. —Un duende.—


Continuará…

lunes, 19 de diciembre de 2016

XXXII

Antes de salir del baño, todavía desnudo, Cristock se plantó frente al espejo y se miró a los ojos. Lejos de resultar vanidoso, se postraba ante sí mismo durante un buen rato sin saber quién de "los dos" era el verdadero. Gesticuló entonces con su brazo dirigiéndolo hacia el espejo, luego hacia él mismo, y lo repitió varias veces. —A ver... Si Tierra 2 fuera en realidad un material reflectante como un espejo, entonces el cohete que vi no se estaría dirigiendo hacia aquí sino hacia el espejo en cuestión, lo que significaría que habría despegado de este planeta hace casi 17.000 años, al final de la época Neanderthal. Si es que estaba claro que no podía tratarse de planetas distintos, pero, entonces, ¿hacia dónde se dirigen? Tengo que volver al observatorio cuanto antes.— Su mujer llamó a la puerta, sobrecogiendo a Cristock. Él la “tranquilizó” respondiendo con sequedad y se tapó rápidamente con un albornoz; recogió los huesos cubriéndolos con una gran toalla, y se fue a su habitación.

Tanto su hija Abby como Eleanor estaban ya sentadas a la mesa, dispuestas para cenar. No tardó en aparecer Cristock, y lo hizo portando la calavera del duende. Abby sonrió al ver tan estrafalario objeto y le preguntó qué era esa cosa. La madre observó atónita. Cristock estaba muy serio; se sentó, acomodó el alargado cráneo a su lado, apoyado sobre una toalla algo húmeda sobre la mesa, y comenzó a hablar. Explicó, a rasgos generales, lo sucedido y se excusó también por haberlo mantenido en secreto hasta entonces. Seguramente el trato con Rocco le había ablandado el corazón y ya no podía seguir ocultando el misterio a los suyos sin que dejara de sentir remordimientos, un malestar que iba en aumento y ya no le dejaba pensar con claridad. Mandaron a su hija para la cama y Cristock continuó narrando lo sucedido, ahora ya con todo detalle. Eleanor, aunque no era muy consciente de la importancia del descubrimiento de su marido, quedó impresionada con la historia, pero también algo resentida por no haber confiado en ella desde el principio. Cristock repitió una y otra vez la historia y partes de la misma, como desahogándose por completo de la carga moral que había llevado a cuestas todos estos días.

Al día siguiente volvieron a casa en el primer avión. Cristock estaba muy satisfecho de haber compartido su descubrimiento, aún sin descifrar, con su familia. Aunque eso, en verdad, también le generaba intranquilidad, pues su manía persecutoria le impedía fiarse de todo el mundo, incluida su familia. En todo caso esta nueva situación de daba fuerzas para seguir adelante con el proyecto y afrontarlo con energía positiva, sin preocupaciones que ralentizasen su rápido pensar. Por supuesto el proyecto seguiría siendo secreto hasta que recopilase unos cuantos datos que estaba deseando comprobar en su Lente Espía. Durante todo el vuelo, Cristock no dejó de escribir notas que llevaría a la práctica en el observatorio. Abby estaba entretenida con sus dibujos sobre las fotografías de un periódico, poniendo ojos a los coches y bigotes a las mujeres. Eleanor, sentada de nuevo entre ambos, estaba seria, pensativa, todavía rencorosa por la poca confianza demostrada por su marido. Pero Cristock, centrado en lo suyo, no se daba cuenta de ello. Estaba eufórico por dentro.


Nada más aterrizar, Eleanor y Abby cogieron un taxi para casa, mientras Cristock se marchó en coche hacia el observatorio, para ponerse manos a la obra en cuanto fuera posible. Sólo durante esa breve despedida Cristock notó cierta animosidad en su mujer, pero no tenía espacio en su cabeza para más preocupaciones. Llegó Cristock al magno Telescopio y observó el coche de Franklin en la entrada. —Qué extraño... ¿Qué hará éste aquí y a estas horas?— Todavía estaba atardeciendo y faltaban un par de horas para poder encender la Lente con seguridad, en cambio, ya desde fuera, se podía ver cómo la enorme cubierta estaba entreabierta, aún a riesgo de dañar los ultra luminosos cristales que componen la Lente. Corrió adentro y subió hasta la sala de observaciones. Allí estaban, sus compañeros Franklin y Giovanna, quienes se giraron para mirar a Cristock, que intentaba disimular su fuerte respiración. Lo intentaba. Vaya si lo intentaba, pero terminó por resultarle físicamente imposible, pues la imagen de la enorme pantalla principal, tras sus dos socios, mostraba nada menos que su codiciado secreto esférico; la gran burbuja en la que Cristock había estado encerrado todos estos días y a la que llamaba Tierra 2.

lunes, 12 de diciembre de 2016

XXXI

Cristock se encerró en el baño, bajo llave, y se duchó junto al montón de huesos. Intentó hacerlo con cuidado de no llamar la atención de su mujer con los ruidos de los huesos contra la porcelana. El agua tibia recorría los surcos y redondeces del esqueleto, y Cristock repasaba con sus manos cada curva y orificio de aquel cráneo que lo tenía totalmente pasmado. Aumentó la presión del agua caliente, pero continuó temblando ante lo que tenía en su poder. Ahí lo estaba, desnudo, arrodillado bajo la ducha, y sin parar de tiritar como un bebé, el hombre responsable del mayor descubrimiento de la humanidad. Sea cual fuere el significado de Tierra 2, si el mismo planeta u otro distinto, el concepto general ya superaba la majestuosidad de cualquier otro hallazgo en la historia. 


—..., Cristóbal Colón, Neil Armstrong,...— Son muchos los personajes que pasaban ahora por la mente de Cristock, y no como pensamiento ególatra sino con el fin de mentalizarse él de algo que le superaba. Como científico sabía y era consciente de la importancia de su descubrimiento, a priori insuperable, pero como persona se sentía agobiado como un niño ante su primer día de clase; hasta el punto de no atreverse ni a salir del cuarto de baño. Y es que, por mucho que intentase auto convencerse de otra cosa, todos esos nombres de los más grandes científicos y descubridores deberían pasar, tarde o temprano, a un segundo plano ante su propio nombre: Cristock Earl.

lunes, 5 de diciembre de 2016

XXX

Se metió de un salto en el agujero y empezó a escarbar, con cuidado mas con prontitud, a fin de que no se hiciera de noche. Pero no lo consiguió, ya que ahora, con todo el esqueleto extraído por fin de la arena, tenía que valerse de la pobre iluminación verdosa de la pantalla de su GPS para poder ver. Alumbraba la calavera que tanto le cautivaba y confirmó lo evidente: se trataba de uno de esos duendes, el duende que murió en la lucha contra el neandertal. Se apreciaba perfectamente el agujero en el cráneo, ocasionado por su rival hombre. La escena era de lo más aterradora; aún con el cielo totalmente despejado. sin una gota de lluvia ni rayos que iluminasen la noche a fogonazos, Cristock sentía un escalofrío que parecía no tener fin. Salió del agujero por última vez y lo rellenó rápidamente con tierra y ramas.

Camino a casa, y con el saco de huesos a su espalda, intentó despejar alguna de las muchas cosas (basura) que tenía en su cabeza, pero se bloqueaba a cada instante y no hacía más que acumular estrés. Se sentía mal por seguir manteniendo todo esto en secreto. Los momentos con el bueno de Rocco le habían hecho reflexionar sobre el sentimiento de culpa que estaba acumulando día tras día con su familia. —¡Pero no puedo cagarla ahora...!—


Llegó a la casa rural y su mujer e hija lo estaban esperando en la puerta, muy nerviosas. Su mujer le gritó que dónde estaba, al tiempo que echaba una rápida mirada al saco que Cristock ya ni osaba ocultar, pero que sí pretendía mantener en un segundo plano de interés. El hombre gesticuló todo lo que pudo mientras explicaba lo sucedido, todo cierto a excepción del contenido real del saco, que sustituyó por supuestas rocas supuestamente necesarias para la supuesta investigación geológica que está llevando a cabo. Eleanor continuó un buen rato reprochándole la tardanza a su marido y gritándole que no le importaba su “maldita investigación”. Al tiempo, su vista se detenía cada vez más en el saco. Cristock agachó la cabeza y se metió rápido en casa simulando en parte que estaba arrepentido para así poder salir de la situación. —Voy a darme una ducha.—

lunes, 28 de noviembre de 2016

XXIX

Dejaron los huesos donde estaban, taparon el hoyo con un par de ramas y ambos se marcharon. Por el camino, Cristock le explicó a su compañero que el trabajo ya estaba hecho, que ahí no había los fósiles que buscaba y que debía dirigirse a otro de los puntos marcados en su aparato GPS. Rocco le propuso seguir ayudándole en dicha búsqueda, pero Cristock le dijo que no era posible. Le pagó lo acordado, y más. Rocco no quiso aceptarlo, se sentía apenado porque pensaba que su trabajo no había valido para nada. Cristock le metió el dinero en el bolsillo y le aclaró al buen hombre que lo importante no era irse con las manos vacías, sino haber averiguado que éste no era el lugar correcto, y eso ya era un trabajo muy importante. Pero Rocco no quedó muy convencido.


En la estación se despidieron y Cristock, armándose de sinceridad, le comunicó a su amigo que le echaría de menos. Le dio un abrazo, al cual Rocco no respondió y se marchó al momento sin articular palabra. Cristock se quedó ahí sentado, un rato, pensando. Una vez más, el hombretón acaparaba el pensamiento del científico loco. —Lucy, Lucy… Espero poder compensarte algún día, como es debido, lo que acabas de hacer por mí. ¡Lo que acabas de hacer por el mundo!— Entonces, como si ese pensamiento megalómano hubiera activado su cuerpo,  se puso en pie y corrió hacia la cueva.